Hay
días en que me despierto y tengo la necesidad de prenderme un cigarrillo. No
tanto por el vicio, que sí lo es, sino más bien por una pulsión interna
dirigida a calmar las aguas de mi mente, de lo que pasa “del otro lado”. El
mundo de los sueños es para mí un mundo con entidad real en que vivo otra parte
de mi vida. Existe, de manera difusa, como el universo de las redes sociales,
pero es esa su forma de existir.
Un lugar más donde estar, un lugar lleno de
lugares y de historia dentro de ellos. Reconozco escenarios por los que ya
anduve cuando era chica, ahí, en el mundo de los sueños. Reminiscencias de sueños antiguos y de
habilidades aprendidas hace años.
Le
tengo mucho respeto a ese estado de consciencia donde existo prácticamente
sola. Hace un tiempo una amiga me hizo notar que lo más recurrente en mi manera
de soñar son los lugares. Sueño con espacios grandes, derruidos o deshabitados,
con estanques límpidos sobre el abismo, con casas con muchas puertas, pisos y
cuartos, cuasi palacios, quizás un poco como la mía. No siempre hay laberintos
que resolver o situaciones de las que escapar, a veces son, o parecen ser,
simples paseos por espacios, fotografías en movimiento que generan alguna
sensación intensa. En algunos me acompaña mi mamá.
Y
en aquellos en que me acecha el mal en cualquier forma, he desarrollado la
estrategia recurrente de coquetear ficticiamente con el agresor, para salvarme,
para salvar, nos o los. Por allá sé volar desde chiquita, alzarme por encima de
todo en cualquier momento, algo para mí tan natural como cualquier otra cosa.
Pero los demás no saben, o no me he encontrado aún con algún otro soñante
volador. Y lo más importante del asunto y que es tal vez lo que más respeto me
genera hacia ese lugar de lugares, es que nunca sé que estoy soñando, no soy
consciente de la irrealidad de ese submundo, lo vivo como despierta, como si
fuera cierto, lo que capaz no es mentira.