viernes

A Juanita, juana, coki y Catt

 Cuando era chica me gustaban esos libros en que las protagonistas eran niñas grandes, grandes niñas, que llevaban una vida un tanto tortuosa y solitaria. Niñas dejadas a su suerte en internados, niñas como adultas habitando mansiones o pequeñas cabañas en el medio del bosque. Niñas con poderes incomprendidos, con capacidades ocultas. Niñas capaces de percibir y vivir su entorno de la manera más sensitiva posible, niñas perceptivas. Niñas con capacidad de contemplar la belleza inabarcable de este mundo hasta en los gestos más sencillos de la existencia humana y natural. Niñas, también, con el ojo agudo y punzante para captar hasta los escondites más inhóspitos e imperceptibles de la maldad.

Niñas poeta y niñas poesía. Niñas imán.

Niñas como motoras de energía capaces de atraer las fuerzas más luminosas y más oscuras del universo.

Niñas productoras, de su existencia y sus devenires.

Niñas condenadas a la consciencia de ese amargo y maravilloso privilegio.

Niñas comprensivas, niñas que entienden que todo ese cúmulo de bruma que las rodea, moléculas merodeantes gravitando en torno a ellas no son más que un subproducto de la carencia, de aquello a lo que no le ha tocado ser niña estrella.

En todos esos libros los escenarios estaban algo exagerados para acentuar así la belleza en medio de toda esa tragedia. El libro, en verdad, era una muestra, una especie de preparación para la vida de toda niña que se adivine estrella. Acá, es masomenos lo mismo, pero ni cientos de páginas alcanzarían para ilustrar la vida y las derivaciones infinitas de una estrella.

Las tragedias se diluyen, permanece tu belleza.