Pronto
habría una fiesta de disfraces, así que nos alegramos al encontrar casualmente
una tienda de disfraces y trajes usados regenteada por un viejo que mucho
esfuerzo no hacía por controlar el lugar. Nos separamos para robar mejor, para
tener más chance. Nunca lo había hecho y sentí adrenalina mezclada con
seguridad, como una certeza de que algo iba a llevarme porque ellos, los que
estaban conmigo, siempre lo hacían.
Sólo
pude guardar en mi bolso un pañuelo grande, con una estampa hermosa y extraña.
Tenía muchas ganas de admirar mi premio pero tenía que disimular. Me escapé por
atrás, por las plantas, volví como si nada a reencontrarme con ellos. Ella no
había podido sacar nada, y me extrañó bastante. De él no sé porque nunca se
sabe, pero siempre está como triunfante.
No
sé qué hacíamos en ese círculo ella, él y yo. Como que llegué tarde, ya estaban
sentados en ronda leyendo una especie de cosas infantiles. No eran infantiles
pero las leían como si lo fueran. Me tocaba a mí y no tenía nada para leer, así
que improvisé cantar una de mis antiguas canciones pero me salió horrible.
Justo que él había dicho que se acordaba o la conocía de antes!
Pero
de repente cambia y estoy tras las cámaras de un rústico programa de denuncia
feminista, improvisado en la calle,
ayudando a sostener una bandera. Ahí estaban Pame, Sol y algunas de las
chicas. Me enfocaban las luces pero yo no sabía que decir, era otra la persona
encargada de dar el mensaje. Me extrañó mi vergüenza o mi falta de interés.
Reaparece
él, con los chicos de las bandas –recuerdo a Víctor- subíamos escaleras o
íbamos hacia algún lado. La onda era el vaguear.
Se llegó, no recuerdo a dónde. Pero hubo bandas y yo no las vi.
Después
un cuarto hermoso e inmenso que compartía con Lú. En algún momento aparece una
novia y yo era feliz. Después no sé. Me desperté.

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