(con amor, para Los Chicos del Barrio)
A veces me pongo un poco incómodo cuando tengo que hablar de mi trabajo, sé que los demás me juzgan y hacen especulaciones sobre mis pautas morales. Algún día comprenderán, estimo, la necesidad de su ejercicio. Sobre todo por lo bien presente que este trabajo mantiene la dignidad, especialmente la de los demás.
Formo parte del escuadrón de tareas especiales número catorce bis del Gobierno de la Ciudad. La Policía Crítica nos dieron en llamar. A decir verdad, nuestra labor no es tan cruenta ni sanguinaria como vulgarmente se cree. Simplemente fuimos encomendados a la tarea de supervisar y velar por el mantenimiento, digamos, de los estándares medios en relación a la condición artística de la ciudad.
Antes que nada creo preciso aclarar que nuestros puestos nos fueron asignados tras largas series de pruebas e investigaciones ocultas en las que célebres y prestigiosas figuras abogaron por nosotros. Nuestro modus operandi se ajusta a lo que en terminología procedimental se denominan tácticas de clase c. Se nos ordena asistir inadvertidamente a cuanto efluvio público de carácter artístico tenga lugar en la ciudad. Cada uno de nosotros es especialista en todo lo que al arte exige, por lo que no encontramos dificultades a la hora de interpretar debidamente cada pieza y lo que es más, casi nunca disentimos en cuanto a los juicios finales.
Observadas las presentaciones, nos disponemos a completar nuestras planillas para terminar, varios minutos después y con ayuda de rígidas formulas matemáticas, en un juicio definitorio: lo anteriormente presenciado puede seguir existiendo, exhibiéndose públicamente, o no lo puede. Y acá viene la parte en que me pongo oficialista y hago gala de mi abultada carrera en el funcionariado público, pero en verdad el gobierno ha venido trabajando minuciosa y sostenidamente para que hoy en día los ciudadanos puedan contar con un servicio de tal envergadura, de calidad. Usted nunca malgastará su tiempo ni su dinero en divertimentos fútiles que no superen los cánones de aceptabilidad artística convenidos por La Ciudad. Le ahorramos la tarea, hacemos el trabajo molesto por usted. ¿Que me dice? ¿Dónde ha visto servicio público semejante? ¡Ni en las más gloriosas capitales! Y de esto tenemos plena constancia.
Pero aguarde, que no sólo de eso se trata nuestra labor. Concluido el trabajo de veedores y una vez alcanzado el Juicio, nos disponemos a la tarea de las comunicaciones. Del latín communicāre, comunicar implica manifestar o hacer saber algo a alguien…y eso es a fin de cuentas lo que hacemos.
Claro que seguimos conservando la condición de humanidad. Así, las comunicaciones suelen ir acompañadas de un convite con masas, canapé, té en hebras y hasta bombones. Quizá le parezca un poco extraño pero se sorprendería de saber la cantidad de artistas que voluntariamente renuncian a su obra por una buena docena de sánguches de miga. Aun así, se imaginará que el asunto no es tarea sencilla y cierto es que los modos de operar se ajustan a la especificidad de cada caso. Si el producto no ha llegado a incluirse en el estándar por poco puntaje, nos abocamos a la tarea de recomendar cursos y talleres de perfeccionamiento artístico para cada rama, acompañados con tutorías y seguimientos constantes por un módico precio, o ya sea, por el reconocido sistema de pago con futuras obras. Se tiene bien a cuidado, usted vea, la supervivencia del instinto artístico de la persona. Incluso si creemos que el producto es insalvable, los sicólogos del escuadrón se apresuran a administrar test vocacionales, cursos y talleres correspondientes a distintos rumbos de vida.
Para los casos difíciles, aquellos en que los sujetos se niegan rotundamente a abandonar la manifestación pública de lo que, ellos consideran, sus impulsos artísticos, se nos permite crear un comité ad-hoc de tratamiento intensivo. El comité es lo más alto a lo que se puede aspirar dentro del escuadrón. La sensación de reconocimiento, responsabilidad y mérito que genera el ser elegido parte del comité no tiene parangón alguno, con todo el riesgo que eso conlleva. Las reglas son claras, si no logramos resolver el caso en diez días somos despedidos, y si lo logramos, se nos duplica el sueldo. Hasta ahora la primera opción no le tocó a nadie. Pero una vez casi.
Sería la segunda o tercera vez que me elegían para el comité, yo tendría unos veintilargos y no hacia mucho que ejercía el funcionariado. El caso era bastante complicado, se trataba de un dramaturgo cuarentón, si mal no recuerdo de apellido Roberto. El tipo estaba empecinado en asistir todas las tardes a la Plaza del Lector y representar obsceno soliloquio de lo que, el creía, una gran exégesis del Facundo. Amén de su falta de aptitud para la actuación y su paupérrima oratoria, el pobre hombre hacia gala de una interpretación totalmente errónea de la eminente obra vernácula, y nosotros no podíamos permitir que allí, en el mismísimo preámbulo del saber, se predicara tan blasfemo discurso.
Por aquellos días se celebraba en la Plaza una serie de actos conmemorativos a los que asistían notables figuras de la cultura y la literatura nacional. Fracasado todo intento de expulsión, no tuvimos mas remedio que ocultar al hombre entre el follaje, restando sólo unas horas para el cierre de plazo del comité. Fue la situación más crítica a la que alguna vez llegamos. Desestimada la alternativa de exterminar al hombre, por cara y engorrosa, terminamos aceptando el ejercicio de su testarudez, pero asegurándonos de que esto ocurriese bien lejos de La Plaza. Así fue como rápidamente lo transferimos a una modesta ciudad del interior, en la que sabemos, los cánones que rigen la actividad cultural están bastante por debajo de los nuestros.
No le será difícil al buen señor entonces, apreciar la delicadeza de nuestro trabajo. Nada parecido, por caso, a la imagen con que un grupillo de jóvenes irreverentes pretende asimilarnos. Estos muchachos vanguardistas -que dicho sea, conocen nuestra labor solo de rumor- pululan por las noches simulando ser agentes encubiertos, vanagloriándose al interrumpir ferozmente piezas musicales y haciendo bajar a los gritos a jóvenes actrices sollozantes de los escenarios.
Sabe Dios si a fin de emularnos o ridiculizarnos, esta gente no adivina que la naturaleza y móvil de nuestro accionar está en la misma imperceptibilidad a la que ellos se oponen. Con nuestra labor, la distancia entre el estado artístico vigente y aquél que es deseado se invisibiliza. Labor cuya necesidad, algún día estimo, comprenderán.

este modo de ser tan nostálgico que tengo...
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