“Por favor dios que esta tarde esta noche y el día de mañana
no le pase nada malo ni a mi mamá ni a mi papá, ni a mi hermana ni hermano ni a
mis abuelos tíos primos y otros familiares y amigos ni a mí amén, porfavordios, porfavordios, porfavordios. Y
que no le pase nada malo ni a mi casa ni a mis pertenencias ni a la de mis
familiares Amén.”
Ese rezo improvisado se repitió en mi cabeza desde que tengo
conciencia. Especialmente por las noches pero también en las tardes o mañanas
en que el temor obsesivo me atrapaba. La frase inicial con su seguidilla se
adaptaba al momento del día que fuere, pero el ritual completo y máximo era el
de la noche. Otro de mis trastornos
obsesivo compulsivo por esa época era que todo
tenia que ser tres o tres veces
iguales para funcionar, así que solía repetir la frase nueve veces (tres
conjuntos iguales de tres) para poder dormirme tranquila. Alguna que otra vez,
en el súmmum de la paranoia, llegué a repetirlo veintisiete veces seguidas,
totalmente necesarias para mi seguridad. Como cuando estaba por morir mi abuelo
y yo creía que repitiendo eso todo el tiempo todo el día iba a poder hacer algo
para salvarlo, pero no pude. Esa fue la primera vez que dios me
defraudó y en algún punto yo creía, era por no haber rezado lo suficiente.
Fueron muchos años de repetirlo todas las noches, incluso
cuando ya no era chiquita. Recuerdo una vez que vi un capítulo de Blanco y negro en que los chicos antes
de dormirse tenían que rezar y Arnold se adelantaba a todos haciendo un rezo
público muy parecido al mío y los hermanos mayores se le reían y decían que eso
no era rezar, que así no te escuchaba dios. Yo tendría unos doce años y el
personaje de la serie hacía de un nene mucho mas chico que yo. No sé si fue más
lo que me molestó o la vergüenza propia que me dio, pero igual yo lo seguí
diciendo.
A medida que crecía y los trastornos obsesivos por el orden
viraban a su extremo opuesto, la frase se me fue olvidando, de a meses, de a
años. No es que no recordase su estructura sino más bien que se me borraba por
completo su existencia por largos períodos. Pero cuando la frase regresaba, se
adaptaba a las nuevas circunstancias. Así se le fueron restando plurales y sumando sobrinos, gata
y hasta mi novio. Lo curioso es que cada vez que volvía a mí, o yo a ella, parecía -y parece- como si hubiese sido ayer
la última vez que la dije, como si los años entremedio de olvidarla no
contasen. Ya no triplemente repetida pero sabiendo venir, cuando la necesito,
para salvarme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario