No hay nada más
simple y humano que desear. ¿Por qué,
entonces,
precisamente nuestros deseos nos resultan inconfesables?
¿Por qué nos es
tan difícil volcarlos en palabras?
Tan difícil que
terminamos por tenerlos escondidos; construimos
para ellos, en
alguna parte de nosotros, una cripta
donde permanecen
embalsamados, en espera.
No podemos
volcar en el lenguaje nuestros deseos porque
los hemos imaginado.
La
cripta
contiene en realidad solamente
Imágenes, como
un libro de figuritas para chicos que no saben
todavía leer,
como las images
d'Epinal de
un pueblo analfabeto.
El
cuerpo de los deseos es una imagen. Y lo que es
inconfesable en el deseo es la imagen
que nos hemos hecho.
Comunicarle a
alguien los propios deseos sin las imágenes
es brutal.
Comunicar las propias imágenes sin los deseos es
fastidioso (como
contar los sueños o los viajes). Pero fácil, en
ambos casos.
Comunicar los deseos imaginados y las imágenes
deseadas es la
tarea más ardua. Por eso la postergamos. Hasta
el momento en
que comenzamos a entender que permanecerá
aplazada para
siempre. Y que ese deseo inconfesado somos nosotros
mismos, para siempre prisioneros en la
cripta.Agamben

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